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Daniel Gallardo un pescador de la vieja escuela

Es el más viejo de los pescadores de Altata. Desde la lancha de palo vio todos los avances tecnológicos de la pesca, conoció la abundancia y sobrevivió a huracanes.

 

Con una mirada cansada y pasos lentos; Daniel Gallardo Murillo mejor conocido como “Chancualio” nos espera pacientemente, como sabiendo que el tiempo pasará despacio mientras ve como corren las horas del día y el sol de la bahía de Altata le brinda su calor.   

Sentado a la orilla de un embarcadero junto a su amado “El Pochenco II” nos ve llegar y nos recibe con una gran sonrisa. Se pone lentamente de pie y extiende su mano de manera efusiva para saludar.

Al “Chancualio” no necesitamos hacerle muchas preguntas para que de manera abierta nos cuente sobre su vida; su rostro se ilumina y una expresión de alegría refleja el amor que siente por el mar.

Sus historias.

Empieza a relatarnos sus historias que asegura recuerda como si hubieran sido ayer, sin importar que hayan pasado 70 años.

“Yo soy el más viejo de los pescadores de aquí de Altata, tengo 78 años y de vez en cuando sigo saliendo a la pesca, esta temporada, me fui el primer día en contra de la voluntad de mis hijos, pero ya entendí que estoy viejo, porque fue agotador, me tuve que regresar, el sol está mucho más fuerte que antes, además de que mis hijos ya no quieren que salga, pero es que no entienden que mi vida es el mar”, nos dice con un poco de angustia.

Y cómo no tener razón sus hijos, si a pesar de sus 78 años, don Daniel se siente de 40, pues recientemente tuvo una operación a corazón abierto, y con “máquina nueva”, como dice, ya puede volver a hacer todo como antes.

La experiencia que lleva sobre sus hombros le convierten en un hombre sabio, sus palabras denotan que han valido la pena los años bien vividos, y sobre todo que es un experto en las artes de la pesca.

Los recuerdos.

Entre sus recuerdos está la primera ocasión que se subió a una panga, tenía apenas ocho años cuando su papá lo llevó a pescar caguama, asegura que la travesía no era como hoy, pues para llegar de la bahía de Altata a la bahía del Pabellón tenían que navegar durante tres días, y eso, si el viento del noroeste les favorecía.

Al llegar a su destino, amarraban mangle a los estacones y a la orilla de su panga, que en ese tiempo era elaborada con el tronco de un álamo y se requería de la fuerza de los hombres para remar; ya con el mangle bien sujeto a su navío esperaban pacientemente a que las caguamas se acercaran a comer la lama que se produce entre el mangle y era en donde tenían que afinar la puntería para que con el arpón pudieran lograr la captura de estos especímenes.

Innovación.

Con mucho orgullo relata que con el paso del tiempo, le tocó la transición entre navegar con remo al  uso de los motores, que aunque iniciaron con un motor de 5 caballos era de gran ayuda para ellos.

Eso les cambió la vida porque además con el deseo de tener una buena captura innovó la manera de utilizar las artes de pesca.

“Chancualio” fue el primer pescador a lo largo de todo el litoral en utilizar el chinchorro. Mientras todos hacían sus capturas con tarraya, él mandó tejer su chinchorro con calibre 0.95 en 8 pulgadas, lo que le facilitaba la captura de camarón; pues asegura que el primer día que salió con su nueva herramienta de trabajo logró sacar siete toneladas de pargos de al menos ocho kilos  en un solo cierre.

Con esta hazaña logró la admiración de los otros hombres del mar. 

Recuerda orgulloso que hace aproximadamente 38 años realizó esa primera gran captura y según sus palabras era tan enorme que lo compara con una gran mancha de sangre, así que en el transcurso de un mes logró  atrapar 36 toneladas de su valioso producto.

Sus conocidos aseguran que la “buena suerte” de “Chancualio” no ha sido cuestión de casualidad, que desde que recuerdan siempre ha sido un hombre de mar, decidido y valiente.

Héroe.

Y muestra de su valentía es que en el lejano año 1995 se enfrentó al temible Huracán Ismael en altamar cuando acudió al rescate de uno de sus amigos y su navío. 

Con entusiasmo, manifiesta que es un recuerdo que lleva en el alma por los momentos de incertidumbre y temor que vivió prácticamente a la deriva cuando veía la inmensidad del mar y la fuerza de la naturaleza azotando fuertemente al barco camaronero.

Gracias a su experiencia logró poner a salvo a cuatro tripulantes así como al capitán del barco, un joven con poca experiencia que conociendo la habilidad de su amigo don Daniel, le llamó pidiendo auxilio y sin pensarlo este viejo lobo de mar acudió en su ayuda.

De no haber tomado esa decisión, aún a expensas de su seguridad y su propia vida los navegantes hubieran sido tragados y perecido, por el fuerte oleaje.

“Después de esa experiencia del Huracán Ismael siempre recuerdo que aunque me gusta el mar y no le tengo miedo, le tengo mucho respeto, mi papá me enseñó todo lo que sabía sobre la pesca y después a mí me tocó enseñar a mis hijos”, señala.

Aunque sus hijos no comparten su opinión sobre continuar con la vida del mar, “Chancualio” asegura que literalmente es su vida, su manera de sobrevivir, el alimento no solo físico, sino del alma, pues señala que el día que se aleje de las maravillas marinas, ese será su último día de existir.

Con las manos temblorosas, signo del cansancio que traen consigo los años, don Daniel vive añorando esos sagrados momentos que se anidan en sus recuerdos. Anhelos del corazón que perdurarán en su mente desparramados en Altata. Se cansa del cuerpo, pero no de contar su historia.

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