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Opinión

La Sonrisa de mi Abuela

La Sonrisa de mi Abuela

Columna: Reflexiones de un aspirante a buen vecino. Por Miguel Calderón

Me gusta la sonrisa de mi abuela porque esconde algo bueno. El sábado y el domingo pasado viví una experiencia digna de ser narrada. Acompañé a mi abuela y a mi mamá a la aplicación de sus primeras dosis de la vacuna contra el COVID19. Todo empezó semanas antes en un registro previo en una página de internet que para ese propósito habilitó el gobierno federal.

Una publicación en Facebook anunció que la vacunación para Navolato, lugar de residencia de la familia, se organizaría en tres puntos distintos dependiendo de la colonia de procedencia. Así que a mi abuela le tocó el sábado en uno de los puntos y a mi mamá el domingo en otro centro de vacunación distinto del primero.

La Sonrisa de mi Abuela

Acordé con mi mamá grande que no pasaría por ella hasta no tener certeza del número de turno y la logística específica con el fin de evitarle molestias por estar de pie y soportando el rayo del sol.

Estimo haber arribado a la fila como a las 9:15 de la mañana en donde mi cálculo me da para haber tenido poco más de cien personas delante de mí. En esta primera fila me entregaron un turno escrito en un pedacito de cartulina y con marcador negro el número 222, decía en letra de molde.

Teniendo esa certeza de contar con un turno específico procedí a llamar a mi abuela para avisarle que ya iba por ella a su casa. Mientras tanto mi compañera de vida, Erika, que me acompañó en todo el proceso, esperó bajo la techumbre que fue sede de toda esa jornada cuidando nuestro lugar en el turno.

Al regresar con la primera beneficiaria de la vacuna de mi familia ya estaba el personal médico en sus puestos con sus hieleras, con sus batas y con las vacunas. Me platicó Erika algo que se percibía en el ambiente.

Que justo cuando me retiré del lugar para ir por la mayor de mis mujeres irrumpió en el inmueble público el personal militar de la SEDENA, la Guardia Nacional y los miembros del sector salud arrancando de todos los testigos un espontáneo aplauso y porras de esperanza. “Se me enchinó la piel”, me dijo.

Pocos minutos después vi a mi abuela sentada con su brazo descubierto siendo receptora de un pinchazo que no le provocó aparente dolor, sino que afloró la sonrisa de mi abuela. Al día siguiente viví algo muy similar con mi madre.

Lee: Educando con la sonrisa de los niños

Al consultar en la página de la Organización Mundial de la Salud me encontré con un mapa de avance de la vacunación en el mundo. Entendí que Israel, el país, ya prácticamente vacunó a sus poco más de 9 millones de habitantes, que Gran Bretaña lleva también muy buen avance y que Estados Unidos registra más de 82 millones de dosis administradas. En esa misma página dice que México va rumbo a las tres millones de vacunas en estas fechas.

La numeralia nos puede dar una idea de qué nación llegará más rápido a la inmunidad colectiva, pero la emotividad de quien la recibe nos puede dar una idea de la dosis de esperanza que inyecta esta vacuna. La sonrisa de mi abuela dice mucho de eso.

Una buena historia tiene el poder de cambiar una vida. Ayúdanos a llevar una oleada de bondad a tu ciudad.
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